Así me convertí en periodista

Desperfectos mecánicos en una cobertura en Quetzaltenango, 1998
A propósito de la celebración del Día del Periodista, les comparto la historia de cómo entré al gremio.



Era el año 1996.  El conflicto armado interno estaba a punto de terminar entre el ejército y la guerrilla y muchas cosas estaban cambiando en Guatemala. En el tercer nivel del Palacio de Correos funcionaba la Escuela de Formación Telegráfica y Postal, institución fundada como academia militar y que formó a cientos de hombres en el oficio del telégrafo.  Ahí estudiaba yo.

Gracias a las nuevas tecnologías, los telegramas estaban a punto de desaparecer.  Alguno de los Acuerdos de Paz exigían la desmilitarización y el presidente tenía la intensión de privatizar muchas empresas del gobierno (incluyendo a Correos) mientras yo soñaba con ser telegrafista. 

Grupo de estudiantes de telegrafía, en Panajachel. 1996
El fin del milenio estaba muy cerca y el mundo entero estaba cambiando, y por lo tanto también mi vida estaba a punto de girar bruscamente. A pocos meses de la graduación recibimos la inevitable noticia: La escuela estaba a punto de desaparecer.

Ante el pánico de perder tres años completos de clases, decidimos denunciar nuestra situación ante Aula 2000, un periódico juvenil que era parte de Prensa Libre, en ese entonces era el de mayor circulación en Guatemala. 

La directora de la escuela me encomendó la misión de ir a entregar la carta a la sede de la casa editora. Era un viernes por la tarde.

Con mucha convicción caminé hacía la 13 calle y al llegar al lugar el agente de seguridad me hizo pasar a la recepción –Tengo una carta para Aula 2000- le dije.
“Usted viene a Aula… suba al noveno nivel por el ascensor” me dijo la atractiva recepcionista.

Subí al mencionado ascensor y en el camino reflexionaba sobre nuestra situación escolar. No era justo que todos los alumnos perdiéramos tanto tiempo de estudio así por así. Cuando la puerta del elevador se abrió mis pensamientos valieron madres.

Reforestación con el Colegio El Puente, 1999
Lo primero que vi fue a un grupo de patojos tocando guitarra y cantando canciones de Café Tacvba. Otro grupo bailaba con una grabadora portátil (de esas grises con dos bocinas y casetera al frente) y otros más mostraban sus patinetas a las chicas.  El ambiente era como una kermes.

Y allí estaba yo, con cara de mejicano, sin saber qué hacer.  De pronto un grupo de chavos “mamados” me preguntaron qué cual  era mi grupo.  Les dije que no tenía uno y me respondieron que me uniera a ellos, a los de Seguiridad. “Ahorita nos toca” dijo el líder y así entramos a otro salón donde estaban dando instrucciones para las comisiones de los Juegos Interescolares de Aula 2000 que se realizarían al día siguiente.

El sábado por la mañana llegué tarde a Prensa Libre(para variar) y el bus ya se había marchado con todas las comisiones hacía el Estadio Mateo Flores.  Enojado conmigo mismo por impuntual decidí caminar para no perderme los juegos.  De pronto apareció un Suzuki Samurai blanco y el conductor me dijo “¿vos sos de Aula, verdad?… venite, ayúdame a traer unas cosas”.  Era Carlos Rigalt, el editor de Aula 2000.

Así le ayudé a llevar unas cajas para la inauguración de los juegos.  Así me convertí en su asistente improvisado.  Al llegar al estadio me di cuenta que llevábamos (entre otras cosas) el pabellón nacional.

Grupo de corresponsales de Aula 2000 en el templo IV
Yo estaba muy emocionado. Era la primera vez que entraba a la gramilla del estadio nacional y habían cientos de atletas escolares que iban a desfilar en la inauguración de los juegos de Aula 2000.  De pronto inició el acto protocolario y el maestro de ceremonias pide el ingreso de la bandera de Guatemala.

Yo la tenía en las manos y alguien me dijo que la llevara al el escenario. Así que caminé hacía la tarima donde estaban empresarios, patrocinadores, representantes del gobierno y gente importante.  Todo el estadio me miraba mientras yo era el abanderado improvisado.  Al día siguiente estaba en la portada de Prensa Libre, junto a Chepe Zarco.

De ese día hasta hoy he vivido enamorado del periodismo, no como una profesión, sino como un estilo de vida.


PS. Si se preguntan qué pasó con la carta … pues nunca la entregué.  La escuela la cerraron y yo me metí a estudiar un bachillerato por madurez para recuperar el tiempo perdido. l ran a


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